lunes, 18 de agosto de 2008

enfermito

Hoy me desperté con fiebre. En realidad, ayer me fui a dormir afiebrada.
Mi cuerpo todavía no me había avisado del todo acerca de mi gripe. Me había dado unas cuantas señales, sí, muy sutiles, muy superficiales, que no llegué a captar con claridad, con la claridad de la enferma que es conciente de su enfermedad.
Siempre me jacté de conocer y saber exactamente cuándo tenía fiebre.
Pero definitivamente hoy ya no había dudas.

Hasta esta altura del relato pareciera que la enferma soy yo.
Pero hay cosas un poco más complejas.
En el día de la fecha,
mi padre a las 7 de la mañana entró en mi habitación sin siquiera golpear la puerta,
con la luz del pasillo encendida,
que se clavó directamente en mis pesados ojos,
me miró y dijo:
¡coca!
¡coca cola!
Entre el sueño y la vigilia
intenté darle un formato a aquel cuadro irreal,
a aquella situación trivialmente ridícula.
Confundida, lo saludé
pensando que me estaba levantando para almozar con él
cuando miré el reloj
y descubrí lo temprano del asunto.
Él volvió a pronunciar
¿tenés vos la coca cola?
Un poco más conciente, intenté buscarle alguna explicación
a la locura, el vicio, lo malcriado-caprichoso-engorroso
de aquel despertar.
Le dije:- ¿estás loco?
yo no tengo coca cola acá.
Él simplemente
se encogió de hombros y se fue, cerrando la puerta.
Dejando una hija desconcertada
llena de ganglios, fiebre
y bastante malestar por la incertidumbre.

Hoy cerca del mediodía,
me lo encontré en la cocina y le dije:
-¿fue un sueño?
-No, disculpá. Tenía mucha sed y pensé que podía estar en tu cuarto.

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