miércoles, 29 de febrero de 2012

¿Problema o normal?

Tengo más anécdotas inventadas que recuerdos verdaderos.

¿+ x + = MENOS?

Hay noches que tengo tanto sueño
que no me puedo dormir.
Esto, trasladado a otros aspectos de la vida, también pasa.

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Quién soy,
mi cuerpo o yo.

Problema:

SIEMPRE QUIERO TODO

domingo, 26 de febrero de 2012

Artista

El hacer que a la vez que hace inventa el modo de hacer.

Percepto

Nos volvemos paisajes, girasoles, azules.

Ahora

En este mismo minuto
el mundo está siendo.
Yo toda estoy siendo,
en sólo un minuto.
Me encuentro sola,
estoy siendo toda.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Cada uno hace el amor a su manera

El día de los enamorados es un invento; todos lo sabemos: se instala una fecha para tener motivos para festejar con el ser amado, la madre, el padre, el niño, el rey mago, santa claus. Sin embargo, a la hora del comportamiento en relación a la festividad, el abanico de posibilidades es amplio.
Todo vale a la hora de los regalos. Los hay desde el ramo de jazmines, el típico "osito de peluche", las cenas lujosas, las cenas de velas, el asado NAC&POP, te llevo al casino, te llevo a New York, vamos al cine, vamos a casarnos. Hay tantos festejos como tipos de personas en el mundo.
Acá una foto que registra los casos más extremos:
  (cortesía D'Urso, barrio Colegiales, febrero 2012).
A continuación se arrojarán a la luz los resultados de la primera encuesta del blog alegriaquijotesca y se realizará el análisis respectivo de las respuestas de los participantes:


 


















No me escandaliza saber que la mayoría de mis jóvenes amigos son refractarios a festejar el día de los enamorados cuando el mercado y los medios de comunicación se lo imponen, sí me indigna que LA persona que supo votar la opicón "d" (camino de rosas y cena en un barco) se haya arrepentido de su voto y lo haya borrado, dejando en 0 el porcentaje de románticos empedernidos.
Yo soy de las que "ni muy muy ni tan tan"; es decir: el 14 de febrero no significa nada en mi vida pero cualquier día me gusta que me digan cosas lindas. Entonces estamos en la misma: todos y ninguno son el día de los enamorados. Quiero regalos casi todos los días, o alguno. Eso ya está bien.
El porcentaje de gente que se deprime me cae bien. Siempre están los melancólicos que sufren por la potencialidad del amor y por la amargura de la felicidad ajena y quedan aplastados por un montón de imágenes de corazones rojos y rosas que son para todos menos para ellos.
Los "¿cuándo es?" quisiera, sin ánimos de ofender, que den la cara porque creo que TODOS sabemos cuándo es. El tema es si nos importa o no su existencia.
Abramos el debate. Abramos los corazones.
Próximamente la siguiente encuesta. Gracias a todos los votantes, enamorados o no.

martes, 21 de febrero de 2012

Lo que más envidia me da

es la gente que no tiene caries.

miércoles, 15 de febrero de 2012

lunes, 13 de febrero de 2012

-Las palabras no me satisfacen-

Los ojos hablan más y mejor.

ALGO NUEVO:

¡MIRÁ AL COSTADO Y VOTÁ!

miércoles, 8 de febrero de 2012

Huelga

Entre el mundo y yo

estoy yo.

Emprendo la fuga

y queda el mundo sólo

conmigo misma.

martes, 7 de febrero de 2012

20 años sin Celia

Abuela, siempre cerca.

TENGO: SOY; HAGO LO QUE PUEDO.

Un espíritu cambiante y revuelto. Los pajaritos pululan sobre mi cabeza. Se me suelta la tortuga.
Desvarío. Sufro de sobreamor. Me paralizo ante la duda. Se me sale la inseguridad.
Canto y desafino. Como carne. Me gustan las piletas. Quisiera tocar guitarra y saber francés.
También soy feliz.
En la Modernidad esto podría etiquetarse como "bipolar"
pero yo prefiero pensarme como parcialmente inestable.

Cajita feliz.

Mis recuerdos son como una televisión a color
pero en "mute".

VI. CHAU

Después de la paz de Santa Teresa pasamos al quilombo de Punta del Diablo. El lugar es divino, pero quise matar al de la camionetita del boliche que pasaba con "Delicia, delicia, voce a mi me mata, ai se eu te pego ai ai". AY.
La cuestión es que conseguimos una casita rodante a una cuadra del centro. Un vagón de madera todo pintado de verde, que no era de verdad ni vagón ni rodante, pero simulaba ser algo sobre ruedas y era preciosa. Rústica, pequeña, de color, como casi todo en Punta del Diablo. Y sumado a la alegría del hogar confortable, manchita, la perra de los dueños, venía a hacer compañía. El pueblo estaba divino y el clima espectacular pero (creo) que los últimos dos días del viaje casi nunca son los mejores. A mí al menos me agarra toda esa bola de caca de pensar en volver, la ciudad, los ruidos, el temblor de Buenos Aires. Me pongo como de un sutil mal humor que siempre combato internamente para intentar no demostrar. (Nunca me sale. Nunca combato. No sé).
No me arriesgaría a decir que fue por eso (sino por los mariscos, la cerveza en cantidad y las chucherías de cada día) pero a J. le agarraron vómitos y a J. le agarró descompostura (preservo identidades).
El último día viajamos mucho, todo el trayecto de vuelta, y dormimos en un HOTEL en Colonia. Qué lindo es Colonia. Lo supe a los ocho años pero me lo olvidé. Y ahora volví a entender: flores, río, adoquín, casita corta, velita, gaviota. Me encantó. Y dormir en un hotel tiene su rico sabor burgués. La recepcionista nos pidió disculpas porque sólo le quedaban habitaciones con vista al patio interior.
Pobre, ella no entiende. Veníamos de comer con hormigas y dormir húmedos.
Un lindo final para un lindo viajecito.
Qué lindo, Uruguay.

lunes, 6 de febrero de 2012

V. SANTA TERESA



Mal llamado "parque nacional", Santa Teresa es una reserva construida en manos del hombre. Todo ese territorio era antes dunas y roca y los militares los transformaron en árboles y pasto y zona de camping. Aunque en general cualquier paisaje selvático es caótico, este no lo es: su organización remite a una estricta política militar de orden y disciplina. Palmera-árbol-palmera-árbol-palmera-árbol. Carteles, flechas, mapas. Todo señalizado, subrayado, explicado. Cada zona de los amplios kilómetros que contiene el parque tiene su letra y su número. Nosotros dejamos la carpa en D109. La zona "d" es a 5 cuadras de la playa, tiene un almacén modesto y no cuenta con luz. Sólo la zona "a" cuenta con electricidad para todos, pero es más cara. Y además tiene su onda no tener luz a la noche, como todas las demás noches de nuestras vidas. Nos autoimpusimos la oscuridad. 
En el parque no había nadie de improvisto; ninguna carpa sin cubre-techo bien tirante y canaletas alrededor. En general, la gente iba con autos o casas rodantes y se armaban flor de ranchos con conexiones de cables y toldos y parrillas modernas. 
Nuestra carpa era, lejos, la más insignificante. Casi que no se distinguía del pasto. Sin cubre-techo ni auto ni cable, nos fuimos armando el rancho para sobrevivir con lo menos posible. Y funcionó bárbaro. Cuanto menos tenés, menos necesitás, ¿puede ser? La alegría era estar en la playa en la carpa en el bosque, todo junto.
La cosa es que hacer fuego a la noche y mirarlo y mirarlo y mirarlo es una de las mejores hipnosis del mundo.
Me gusta sólo como me gusta el fuego. 
Adentro del parque hay un zoológico, una fortaleza y una laguna de agua negra. Creo que la laguna está afuera, pero digamos que esos son los puntos de inflexión de la travesía. La laguna estaba lejos y no fuimos, pero pudimos deleitarnos con el MANDRIL CULO ROSA y el CARPINCHO AMERICANO que dio gusto. Ese mandril era un mono fulero que estaba enojado con un turista que tocaba la guitarra. Entonces daba vueltas en su jaula meneando el culo como loco y se tiraba sobre la reja mostrando los dientes para asustar al hippie-toca-viola.
Acá una foto:

El último día hicimos una picada en la playa, a eso de las seis de la tarde. Fue claro: el hecho de estar frente al mar, con el sol bajando, de vacaciones, hicieron a la picada una más rica de lo común. 
Dormimos temprano todas las noches, después de cocinar, mirar las estrellas y escuchar el silencio.
No había ruidos ni gente ni nada. Era todo cielo y mar.
La playa de noche era espectacular aunque las piedras no eran aptas para los mimos. 
Nuestros vecinos de carpa es un acto heroico nos regalaron sus lamparones (bidón de agua más vela) y su leña, así que la última noche hicimos un guiso tremendo.
Antes de dormir, mi picó una hormiga gigante y carnívora. Es obvio: es picado aquel que tiene miedo.

viernes, 3 de febrero de 2012

IV. AL FIN Y AL CABO.

Sin intención de presumir, pienso que el título de este post es uno de los mejores que el blog supo tener.
Lectores: ahora verán cómo se entrelaza el tema del "fin" y nuestra excursión hacia Cabo Polonio. Después me cuentan si les pareció pertinente el nombre que le otorgué a este relato.
Nos levantamos y el cielo estaba gris. Denso. Nubes. Poco aire. Humedad. Pegajoso. Bdd.
Bichos de ciudad, desconocedores de las normas de la naturaleza, alejados de las precauciones básicas de la supervivencia, tres parejas decidimos partir de excursión por la playa desde Valizas hasta el Cabo.
El camino, una joya: dunas, mar, pajaritos, pasto, vacas. La vida era linda y placentera, hasta que de repente, se pudrió todo. Las nubes se volvieron niebla, el gris se volvió negro y se hizo ese silencio de ultratumba que sólo sucede antes de los fenómenos que tienen mucha fuerza: tormentas, tornados, erupción de volcanes, etc. (Ivana, una de nuestras amigas del hostel, nos explicó que eso es la "Calma chicha"). El cielo bajó casi hasta nosotros y los gotones de lluvia empezaron a caer tan fuertes y tan gigantes que dolía. Todos aceleramos el paso y llegamos hasta una suerte de cueva-de-arena, donde nos refugiamos, como pudimos de la lluvia y del viento. No había chances: la arena pegaba desde todos los ángulos y los rayos se multiplicaban sobre el mar. Todos nosotros, en silencio, durante los (largos) minutos que duró la tormenta, pensamos que quizás de esa no salíamos tan fácil.
El grupo se dividió claramente en dos: a) los que cerraban bien fuerte los ojos para no ver alrededor/ los que los abrimos lo más grandes posibles para mirar el mar, los rayos, todo. b) Los que temblaban de miedo/ los que temblábamos de frío.
Aunque a más de uno se le ocurrió gritar y correr, no había hacia dónde: lo único que podíamos hacer era quedarnos ahí, esperar, aguantar. Estábamos en la mitad del camino, por lo que correr para ambos lados hubiese sigo absurdo. Una cosa que nos alentó fue que, relativamente cerca nuestro, en la orilla del mar, había un grupo de vacas juntas y quietas. Dijimos: si ellas (que saben) hacen eso, nosotros hacemos eso.
Nos quedamos todos juntos y quietos, como las vacas. Ah, y pasó algo re loco: en el medio de todo el quilombo, en la cresta de la ola tormentil, un barquito sospechoso sale de una isla misteriosa en el medio del mar y arroja con salvavidas a cuatro mujeres a 20 metros de la costa. Las deja en plena tormenta de rayos, en el mar, solas. Nadando. Nunca supimos bien qué pasó ahí, pero me gusta pensar que nunca lo voy a entender.
La cuestión es que la lluvia paró, y volvió, y volvió a parar, jugando fatalmente con nuestras ilusiones. Una guacha. Al final paró y todos llenos de arena, medio atontados por los nervios, corrimos hasta unas rocas cercanas. Cuando miré a mi alrededor, éramos 10. Cuatro personas se habían sumado al grupo. Salieron dos mates calientes para recuperar un poco el termostato del cuerpo y empezaron los chistes (aún nerviosos) sobre la potencial catástrofe natural y la muerte inminente de todos nosotros.
Como buenos guerreros (o altos inconscientes) cuando el cielo aclaró un poquito, decidimos seguir. Volvimos al ruedo.
El faro dejó de ser una miniatura distante, se fue acercando a nosotros, hasta que lo tuvimos al lado: había llegado al Cabo Polonio. Casitas rústicas bajas de colores playa sur norte perros velas gaviota faro.

Milanesa, cerveza, brindis, amigos, urra. Aunque nos conocíamos hacía muy poco, el peligro generó una fraternidad intensa entre los integrantes del equipo-tormenta. Volvimos al atardecer con un sol espectacular en el micrito divino que te pasea por la playa. A la noche, FESTEJO. ¡¡Vivos, estamos todos vivos!!
Pescado-chorizo-ensalada-mejillones-fernet-birra. Y acompañando la comida, la lectura de un libro bizarro sobre la creación de Cabo Polonio: el relato de las aventuras del capitán Polony, un contrabandista de naipes y alcohol que metía la pata cada vez que podía y nunca nadie lograba agarrarlo.

Esa noche no maté ningún mosquito en la habitación.

miércoles, 1 de febrero de 2012

III. VALIZAS

En Valizas uno puede ver especímenes perfectos del estereotipo de "hippie". Yo creo que es en ese lugar en el que se acuñó el término. A nadie le falta barba y todos tienen un termo o una cerveza bajo el brazo. Hay perros sucios pulgosos y amistosos y la playa es ventosa tiene dunas viento aguas-vivas y es linda.
El primer día nos quedamos en el cálido camping "del colo" (luego supimos que era el mismísimo cantante de "Cuatro pesos de propina"). El lugar, divino. Incluso pudimos disfrutar de una ducha "naturista" con agua de bidones recalentados al sol. El inconveniente surgió el día posterior cuando, luego de tomar un café con leche de los dioses, hecho por la "compañera" del colo, se largó una lluvia de esas que mojan cualquier carpa, pero más la nuestra, que no por sus cualidades intrínsecas, pero sí por estar puesta JUSTO encima de un pozo gigante, quedó completamente empapada. Hubo olas. Todo mojado. Nada se salvó.
Pusimos las cosas en el baño y salimos en busca de un nuevo hospedaje, menos pasto y más techo por favor.
Así fue como milagrosamente caímos en el Hostel "Lo de Milton". Cuando se cierra una puerta (en este caso, un cierre), se abre otra, dicen. Y así fue esta vez. Lo más gracioso: que el día anterior estuvimos en la playa muchas horas y nos quemamos mucho con el sol, especialmente javi que quedó rojo pasión. Al parecer, la combinación de la quemazón con la lluvia fría dio como resultado la evaporación de mi novio. Cuando el colo lo vio, en medio del diluvio, le dijo: "Flaco, te sale humo del cuerpo"- asustado. Y un ratito más tarde javi se encontró con el hijito del colo, que al verlo salió corriendo al grito de "oh un monstruo peludo".
Lo de Milton era naranja y era hamaca paraguaya y era gente linda. Nos hicimos amigos. Cocinamos. Nos bañamos con duchador; y qué reparadora es la ducha calentita después de una lluvia helada y hostil. Volvió a llover a la noche y sonreímos, porque estábamos secos.
Las aguasvivas eran transparentes y gigantes. Algunas tenían botoncitos negros alrededor. Yo las miraba con la fascinación de lo sublime: me daban miedo e intriga al mismo tiempo. Qué masa gelatinosa del demonio, por Dios. Los nenes en la playa agarraban las de la orilla y las amasaban, jugaban, las pateaban. Yo andaba dando saltitos cada vez que veía una. Mi teoría es que pican vivas o muertas. (Paradoja: agua viva-muerta). Los nenes claramente no pensaban como yo.
Vagaba por Valizas un personaje inolvidable: un loco que pedía solamente Coca-cola. Relojeaba los bultos de todos en la playa y pedía un trago de coca. Un día lo vimos con una cerveza bajo el brazo y pensamos: qué raro. Vino caminando hacia nosotros y cuando se fue acercando entendimos todo: adentro de la botella había coca con cerveza. El tipo era muy fiel.
En Valizas comimos rabas y buñuelos de algas. Y comimos todo eso en un bar atendido por dos motoqueros barbudos. En general los motoqueros tienen aspecto heavy metal, pero estos eran más buenos que el pan. Te atendían con una sonrisa y decían gracias, por favor, como no.
Todas las noches había cosas: bandas, circo, feria, candombe. Y todas las noches nos íbamos a dormir temprano. De noche, el sueño le ganaba a la cultura. 

II.LA PEDRERA

Los primeros cuatro días de viaje hubo un sol maravilloso. La pedrera es un lugar con un dejo hippie-chic. Ojo, quizás es completamente cheto, pero al tener bidones de agua con una velita adentro, no puedo descartar el componente rústico de todo lo hippie. En la pedrera no había mucha gente ni había poca. Había, pero estaba esparcida de tal manera que no molestaba. Así también pasaba en la playa: éramos pocos y muchos a la vez pero nadie se daba bola con nadie. 
Durante cuatro días fuimos a la misma playa y el último día descubrimos que pegando la vueltita por la esquina, se abría toda una nueva zona de la pedrera con la gente joven. Nuestra playa era la de las familias, los perros y el tejo. En la otra había surfers, birra y pelota paleta. La verdad, no sé bien cuál me identifica más, por eso no me dio bronca encontrarla cuando ya era demasiado tarde.
No sólo conservamos la misma playa por cuatro días, sino que cada noche fuimos a sentarnos al mismo banco con la misma cerveza y el mismo paquete de papas fritas a contemplar el mar. Tanto critiqué a mis mayores por creerlos conservadores en la repetición rutinaria y allá me vi siendo todo lo que alguna vez protesté. (Suele pasar, ¿no?). Vimos estrellas fugaces y murciélagos y javi me explicó "de nuevo" dónde estaba el cinturón de Orión y cómo tenía que mirarlo. (Él dice que en Bahía ya me lo había contado; no me acuerdo, pero debe ser verdad. Probablemente estaba nerviosa cuando me hablaba porque gustaba de él y todavía no nos habíamos dado un beso).
Otro momento clave del día era llegar a la carpa, antes de dormir: yo encendía la linter-bincha e iluminaba el techo durante varios minutos en busca de mis enemigos, los mosquitos. Quería matarlos a todos antes de dormir porque sabía que sino me iban a picar a mí toda la noche. Bueno, no hace faltar ahondar. Los que leen el blog saben de mi obsesión con los mosquitos, no hay vuelta que darle. Tenían que morir.
Javi tenía razón: era un embole atómico pasar treinta minutos por noche matando mosquitos, pero no pude con mi genio y lo seguí haciendo durante todo el viaje. En Valizas un día me desperté a las 3. AM y empecé a darle a las paredes con una chancleta. No creo pero quizás algún día este llegue a ser un tema de terapia.
El momento del baño era espectacular porque la ducha salía caliente y fuerte y pasaban los románticos de la 100. 
De a poco fuimos entrando en ese ritmo relajado de vacaciones que deja al cuerpo enérgico y cansado al mismo tiempo, nos fuimos acostumbrando a despertarnos y dormirnos con el olor a leña, fuimos estando más sucios, más de campamento, más carpa y más árbol.