viernes, 3 de febrero de 2012

IV. AL FIN Y AL CABO.

Sin intención de presumir, pienso que el título de este post es uno de los mejores que el blog supo tener.
Lectores: ahora verán cómo se entrelaza el tema del "fin" y nuestra excursión hacia Cabo Polonio. Después me cuentan si les pareció pertinente el nombre que le otorgué a este relato.
Nos levantamos y el cielo estaba gris. Denso. Nubes. Poco aire. Humedad. Pegajoso. Bdd.
Bichos de ciudad, desconocedores de las normas de la naturaleza, alejados de las precauciones básicas de la supervivencia, tres parejas decidimos partir de excursión por la playa desde Valizas hasta el Cabo.
El camino, una joya: dunas, mar, pajaritos, pasto, vacas. La vida era linda y placentera, hasta que de repente, se pudrió todo. Las nubes se volvieron niebla, el gris se volvió negro y se hizo ese silencio de ultratumba que sólo sucede antes de los fenómenos que tienen mucha fuerza: tormentas, tornados, erupción de volcanes, etc. (Ivana, una de nuestras amigas del hostel, nos explicó que eso es la "Calma chicha"). El cielo bajó casi hasta nosotros y los gotones de lluvia empezaron a caer tan fuertes y tan gigantes que dolía. Todos aceleramos el paso y llegamos hasta una suerte de cueva-de-arena, donde nos refugiamos, como pudimos de la lluvia y del viento. No había chances: la arena pegaba desde todos los ángulos y los rayos se multiplicaban sobre el mar. Todos nosotros, en silencio, durante los (largos) minutos que duró la tormenta, pensamos que quizás de esa no salíamos tan fácil.
El grupo se dividió claramente en dos: a) los que cerraban bien fuerte los ojos para no ver alrededor/ los que los abrimos lo más grandes posibles para mirar el mar, los rayos, todo. b) Los que temblaban de miedo/ los que temblábamos de frío.
Aunque a más de uno se le ocurrió gritar y correr, no había hacia dónde: lo único que podíamos hacer era quedarnos ahí, esperar, aguantar. Estábamos en la mitad del camino, por lo que correr para ambos lados hubiese sigo absurdo. Una cosa que nos alentó fue que, relativamente cerca nuestro, en la orilla del mar, había un grupo de vacas juntas y quietas. Dijimos: si ellas (que saben) hacen eso, nosotros hacemos eso.
Nos quedamos todos juntos y quietos, como las vacas. Ah, y pasó algo re loco: en el medio de todo el quilombo, en la cresta de la ola tormentil, un barquito sospechoso sale de una isla misteriosa en el medio del mar y arroja con salvavidas a cuatro mujeres a 20 metros de la costa. Las deja en plena tormenta de rayos, en el mar, solas. Nadando. Nunca supimos bien qué pasó ahí, pero me gusta pensar que nunca lo voy a entender.
La cuestión es que la lluvia paró, y volvió, y volvió a parar, jugando fatalmente con nuestras ilusiones. Una guacha. Al final paró y todos llenos de arena, medio atontados por los nervios, corrimos hasta unas rocas cercanas. Cuando miré a mi alrededor, éramos 10. Cuatro personas se habían sumado al grupo. Salieron dos mates calientes para recuperar un poco el termostato del cuerpo y empezaron los chistes (aún nerviosos) sobre la potencial catástrofe natural y la muerte inminente de todos nosotros.
Como buenos guerreros (o altos inconscientes) cuando el cielo aclaró un poquito, decidimos seguir. Volvimos al ruedo.
El faro dejó de ser una miniatura distante, se fue acercando a nosotros, hasta que lo tuvimos al lado: había llegado al Cabo Polonio. Casitas rústicas bajas de colores playa sur norte perros velas gaviota faro.

Milanesa, cerveza, brindis, amigos, urra. Aunque nos conocíamos hacía muy poco, el peligro generó una fraternidad intensa entre los integrantes del equipo-tormenta. Volvimos al atardecer con un sol espectacular en el micrito divino que te pasea por la playa. A la noche, FESTEJO. ¡¡Vivos, estamos todos vivos!!
Pescado-chorizo-ensalada-mejillones-fernet-birra. Y acompañando la comida, la lectura de un libro bizarro sobre la creación de Cabo Polonio: el relato de las aventuras del capitán Polony, un contrabandista de naipes y alcohol que metía la pata cada vez que podía y nunca nadie lograba agarrarlo.

Esa noche no maté ningún mosquito en la habitación.

1 comentario:

Nicolás Nunca dijo...

Excelennnnte!!!
(dice masliáh que si prolongás la "n" queda como más expresivo)
Bueno, me divertí mucho, no sé el resto de tus lectores, pero yo me divertí con el relato. Posta que cuando pasan esas pequeñas catástrofes naturales el cagazo es importante. Y te une en los lazos con quien estabas. esto fue el 2??
porque es Iemanjá el 2 de febrero, y el nado de las chicas quizá tenía que ver con algún ritual con el mar. No sé. Bueno, un abrazo bo.
Muy divertida la experiencia.