domingo, 17 de mayo de 2009

Llueve Sobremojado.

Un pantalón suelto
(lo vislumbraba por debajo de la mesa)
y aspecto de matemático ensimismado.
Camisita a cuadros cerrada,
último botón abierto
(fiuuuu).
Ella miraba por la ventana,
lo miraba detenidamente. Pensando en que tal vez
si se despojaba de prejuicios
él quizás tendría rico perfume,
quizá besase mejor de que lo que sus labios escuetos sugerían.
Quizá hasta fuera bueno cocinando.

Se fue.
No entró al bar.
Llegó a la parada del 55 con culpa y tristeza.
Decepción, qué fea sensación.
Tenía ganas de patear tachos de basura
como en las películas.
Tenía ganas de subirse a un avión y arrancarse mechones de pelo.
Hubiese preferido nacer Elefante,
porque al menos no tendría tantas decisiones sinsentido que tomar.
Los elefantes son gigantes y felices,
por qué yo seré humana,
mujer, feminista, obsesiva, sigilosa e insoportablemente racional?
Se sentó en el cordón a mirar el aguita.
Había boletos de colectivo
y zapatillas dando vueltas cerca.
Se paró y decidió ir caminando.
Caminó cien horas y mil pasos y llegó a su cama.
Lloró hasta la mañana siguiente,
y ya era lunes.

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