más sueño que el verano
sábado, 25 de abril de 2009
Una taza de frío.
Una taza de té con leche
es el la posibilidad de ser del invierno.
Su condición de existencia
está dada por formas ovaladas
llenas de líquidos preferentemente humeantes.
Dicen las malas lenguas que
el otoño empezó a existir
dentro de un pocillo de café.
martes, 7 de abril de 2009
Una PD arriba. Mi blog es así.
Un día se coló en el cine
(se quedó parada después de ver una película y
cinco minutos después se escabulló en la sala de al lado).
Esa fue la mejor que vio en su vida.
Doble felicidad:
la del escondite y la de la satisfacción.
(se quedó parada después de ver una película y
cinco minutos después se escabulló en la sala de al lado).
Esa fue la mejor que vio en su vida.
Doble felicidad:
la del escondite y la de la satisfacción.
III
Muy ella se probaba pantalones que ya sabía que no le entraban
y se ponía mal antes durante y después de la pruebita.
El invierno le producía sensaciones en la panza
tan distintas a las del verano. Sentía diferente todo: el amor, el desamor, el hambre, el sueño.
Dormir era un placer divino y despertarse un sueño.
Muy ella pensaba que nadie debía trabajar durante el invierno.
Como los osos (que hibernan).
Comía chocolate en el cine y no entendía muy bien lo del pochoclo.
Tanto ruido y tan airoso. Mejor un Tofi, no?
Sentía que los sótanos eran lugares mágicos, propios de las casas
imaginarias, o de las películas imaginarias,
o del mundo de las cosas imaginarias. Como el ratón pérez,
el rey Melchor o las fábricas de chocolates gigantes.
Creía sabiamente en la fábula de las mentitas y la coca light:
dicen algunos pocos que cuando las juntas
te explota la panza
(dicen que si se lo das a tus enemigos, no explota,
pero te divertis pensando que sí).
Muy ella era sabia por su picardía,
un día entero se pasó al lado de la jaula de su canario intentando imitarlo,
y otro día decidió armar la carpa y dormir en la terraza
para acercar un poco la sensación de vacaciones.
Le gustaba leer Cortázar en los colectivos,
a Borges en la Biblioteca,
y al principito una vez por año.
Muy ella un día tomó sol en la plaza
se quedó dormida
y se quemó toda despareja.
Después nos enteramos que un hombre
le estaba tapando con su mejilla
la otra mitad de su rostro.
y se ponía mal antes durante y después de la pruebita.
El invierno le producía sensaciones en la panza
tan distintas a las del verano. Sentía diferente todo: el amor, el desamor, el hambre, el sueño.
Dormir era un placer divino y despertarse un sueño.
Muy ella pensaba que nadie debía trabajar durante el invierno.
Como los osos (que hibernan).
Comía chocolate en el cine y no entendía muy bien lo del pochoclo.
Tanto ruido y tan airoso. Mejor un Tofi, no?
Sentía que los sótanos eran lugares mágicos, propios de las casas
imaginarias, o de las películas imaginarias,
o del mundo de las cosas imaginarias. Como el ratón pérez,
el rey Melchor o las fábricas de chocolates gigantes.
Creía sabiamente en la fábula de las mentitas y la coca light:
dicen algunos pocos que cuando las juntas
te explota la panza
(dicen que si se lo das a tus enemigos, no explota,
pero te divertis pensando que sí).
Muy ella era sabia por su picardía,
un día entero se pasó al lado de la jaula de su canario intentando imitarlo,
y otro día decidió armar la carpa y dormir en la terraza
para acercar un poco la sensación de vacaciones.
Le gustaba leer Cortázar en los colectivos,
a Borges en la Biblioteca,
y al principito una vez por año.
Muy ella un día tomó sol en la plaza
se quedó dormida
y se quemó toda despareja.
Después nos enteramos que un hombre
le estaba tapando con su mejilla
la otra mitad de su rostro.
jueves, 2 de abril de 2009
Muy ella II
Se sentó en la plaza a leer el diario.
Compró Página doce y se arrepintió
desde el momento en que el canillita le devolvió
algo de plata, migajas de monedas,
pero que siempre sirven en esta época de la vida.
Qué raro esto, pensó, de que todos estemos pendientes
de las monedas.
Qué raro, qué loco, qué cosa tan pelotuda.
Todos comprando Beldent, puchos, barritas de cereal,
hasta diarios.
Cuando analizó lo de las monedas,
un tema tan superficial como grandilocuente,
decidió perdonarse por haber comprado un diario
que ya sabía que no le iba a gustar.
Plaza las Heras le quedaba grande,
sensación que ya conocía tan de memoria,
porque desde que tenía conciencia
cada cosa que no fuera minimalista y anti-gigante
le quedaba enorme a su tamaño de ver el mundo.
Entonces optó por la otra,
la chiquitita, que también está sobre las Heras,
pero que casi nadie conoce, porque los normales
van a la otra con palmeras, mate y cachorros blancos.
Se sentó abajo de un árbol y miró para arriba
conociendo el riesgo de las palomas.
Al sol corría una ventisca,
una caricia del aire que no llegaba a revolver el pelo
ni sacar mechones del flequilo
y que no le permitieran, por ejemplo, leer el diario.
Óptimo día de plaza pequeña no-las Heras.
Leyó un poco,
suspiró,
leyó Espectáculos,
Jennifer aniston no consigue novio definitivamente,
pobre. Tener a Brad y no tenerlo más,
qué cagada. Después de Brad, quién?
Ella pensó que Sean Penn
o Indiana Jones. El actor, no se acordaba el nombre.
Pero en ese pensamiento se le vino a la mente
la idea de hacer una huelga
en la plaza chiquita
que también estaba sobre Las Heras,
pero que nadie llamaba las heras,
y debería llamarse PLAZA LAS HERAS, por qué no?
Imaginó pintadas, hippies, banderas,
cervezas, policía, gritos y tambores.
Preguntó la hora
y estaba retrasada para terapia.
Dejó el diario en el banco verde,
miró al sol y se fue corriendo al piso veintidós.
Compró Página doce y se arrepintió
desde el momento en que el canillita le devolvió
algo de plata, migajas de monedas,
pero que siempre sirven en esta época de la vida.
Qué raro esto, pensó, de que todos estemos pendientes
de las monedas.
Qué raro, qué loco, qué cosa tan pelotuda.
Todos comprando Beldent, puchos, barritas de cereal,
hasta diarios.
Cuando analizó lo de las monedas,
un tema tan superficial como grandilocuente,
decidió perdonarse por haber comprado un diario
que ya sabía que no le iba a gustar.
Plaza las Heras le quedaba grande,
sensación que ya conocía tan de memoria,
porque desde que tenía conciencia
cada cosa que no fuera minimalista y anti-gigante
le quedaba enorme a su tamaño de ver el mundo.
Entonces optó por la otra,
la chiquitita, que también está sobre las Heras,
pero que casi nadie conoce, porque los normales
van a la otra con palmeras, mate y cachorros blancos.
Se sentó abajo de un árbol y miró para arriba
conociendo el riesgo de las palomas.
Al sol corría una ventisca,
una caricia del aire que no llegaba a revolver el pelo
ni sacar mechones del flequilo
y que no le permitieran, por ejemplo, leer el diario.
Óptimo día de plaza pequeña no-las Heras.
Leyó un poco,
suspiró,
leyó Espectáculos,
Jennifer aniston no consigue novio definitivamente,
pobre. Tener a Brad y no tenerlo más,
qué cagada. Después de Brad, quién?
Ella pensó que Sean Penn
o Indiana Jones. El actor, no se acordaba el nombre.
Pero en ese pensamiento se le vino a la mente
la idea de hacer una huelga
en la plaza chiquita
que también estaba sobre Las Heras,
pero que nadie llamaba las heras,
y debería llamarse PLAZA LAS HERAS, por qué no?
Imaginó pintadas, hippies, banderas,
cervezas, policía, gritos y tambores.
Preguntó la hora
y estaba retrasada para terapia.
Dejó el diario en el banco verde,
miró al sol y se fue corriendo al piso veintidós.
domingo, 29 de marzo de 2009
Muy ella
Se desabrochó el primer botón del jean mientras estaba cocinando las milanesas.
Siempre se le adelantaba al tiempo. Jugaba con él como una marioneta, y ningún reloj vencía aquella cabecita previsora.
Engordaba antes de comer y empezaba a dormirse la siesta en la mesa.
Le gustaba comer papas fritas en la cama mirando la tele.
Aprendió el inglés viendo series en Sony.
(miraba E Entertaiment Television, pero no se lo decía a nadie).
Agarró el control remoto, ese de pilas triple A, del año noventa. Faltaba una de las cuatro.
Quiso llorar en silencio por tener que levantarse,
y acto seguido decidió comer sin tragar ni tomar nada ni casi sentir el sabor de esas milanesas,
para empezar a dormir y a despertarse y salir para la facultad.
Pero no fue nada. Decidió no tomar ese colectivo e irse al cine en Corrientes.
La película le gustó pero no le fascinó. Ella es de esas que piensa
si realmente las cosas valen la pena. Como que las expectativas se inflan
hinchan tuercen brotan saltan bailotean y explotan en su pecho
en cada acto de la vida cotidiana. Es insoportable.
Lloró un poquito en los títulos porque se sintió sola.
Pensó que esa clase de soledad iba a gustarle
pero siempre piensa lo mismo y siempre le galopa el pecho
de desamor y sensación de mundo-terrible.
Salió de la sala, sin carilinas. Entró al baño y sonó fuerte.
Se acordó de Cortázar
(lo único que calma la conjoga, aunque sea momentáneamente, es sonarse, decía).
y se sentó en un bar un poco feo pero que le inspiró nostalgia.
Leyó un poco de nada
porque estaba desconcentrada,
mirando las caras de la gente del bar y oyendo todo
alrededor suyo y del resto.
Quiso volver,
el jean le apretaba.
Caminó pensando en parar
paró pensando en acostarse,
se acostó pensando en soñar,
pero al despertar no recordó sus sueños,
y lloró de nuevo.
Siempre se le adelantaba al tiempo. Jugaba con él como una marioneta, y ningún reloj vencía aquella cabecita previsora.
Engordaba antes de comer y empezaba a dormirse la siesta en la mesa.
Le gustaba comer papas fritas en la cama mirando la tele.
Aprendió el inglés viendo series en Sony.
(miraba E Entertaiment Television, pero no se lo decía a nadie).
Agarró el control remoto, ese de pilas triple A, del año noventa. Faltaba una de las cuatro.
Quiso llorar en silencio por tener que levantarse,
y acto seguido decidió comer sin tragar ni tomar nada ni casi sentir el sabor de esas milanesas,
para empezar a dormir y a despertarse y salir para la facultad.
Pero no fue nada. Decidió no tomar ese colectivo e irse al cine en Corrientes.
La película le gustó pero no le fascinó. Ella es de esas que piensa
si realmente las cosas valen la pena. Como que las expectativas se inflan
hinchan tuercen brotan saltan bailotean y explotan en su pecho
en cada acto de la vida cotidiana. Es insoportable.
Lloró un poquito en los títulos porque se sintió sola.
Pensó que esa clase de soledad iba a gustarle
pero siempre piensa lo mismo y siempre le galopa el pecho
de desamor y sensación de mundo-terrible.
Salió de la sala, sin carilinas. Entró al baño y sonó fuerte.
Se acordó de Cortázar
(lo único que calma la conjoga, aunque sea momentáneamente, es sonarse, decía).
y se sentó en un bar un poco feo pero que le inspiró nostalgia.
Leyó un poco de nada
porque estaba desconcentrada,
mirando las caras de la gente del bar y oyendo todo
alrededor suyo y del resto.
Quiso volver,
el jean le apretaba.
Caminó pensando en parar
paró pensando en acostarse,
se acostó pensando en soñar,
pero al despertar no recordó sus sueños,
y lloró de nuevo.
lunes, 23 de marzo de 2009
Cercanías.
Se acerca,
despacio, se asoma. Deja ver su contorno.
Se acerca más cerca,
casi al ladito, y
se vislumbran mejor sus rasgos
claros, imponentes, compactos.
Se acerca casi hasta tocarme,
y me toca.
Se acerca dejando una marca invisible
de todo el camino que hizo
hasta llegar.
Se acerca en verano,
pasando al otoño
esperando que en invierno ya casi
no se aleje nunca más.
Y está tan cerca que creo
que puedo verlo completo,
sin anteojos. Puedo verlo incluso
sin abrir los ojos,
porque siento su olor e imagino
todo lo demás.
Su llegada me asombra
me impacta, me deja inmóvil como una estatua de hielo,
y de a poco se me va escurriendo el frío,
aunque cada día esté más lejos el verano.
Y los primeros pasitos
me los voy acordando tiernamente
como si estuviera todavía allá,
lejos mío,
pero por suerte está cerca,
y lo veo, y lo veo, ya lo veo.
despacio, se asoma. Deja ver su contorno.
Se acerca más cerca,
casi al ladito, y
se vislumbran mejor sus rasgos
claros, imponentes, compactos.
Se acerca casi hasta tocarme,
y me toca.
Se acerca dejando una marca invisible
de todo el camino que hizo
hasta llegar.
Se acerca en verano,
pasando al otoño
esperando que en invierno ya casi
no se aleje nunca más.
Y está tan cerca que creo
que puedo verlo completo,
sin anteojos. Puedo verlo incluso
sin abrir los ojos,
porque siento su olor e imagino
todo lo demás.
Su llegada me asombra
me impacta, me deja inmóvil como una estatua de hielo,
y de a poco se me va escurriendo el frío,
aunque cada día esté más lejos el verano.
Y los primeros pasitos
me los voy acordando tiernamente
como si estuviera todavía allá,
lejos mío,
pero por suerte está cerca,
y lo veo, y lo veo, ya lo veo.
jueves, 19 de marzo de 2009
martes, 10 de marzo de 2009
gigantes ratoncitos
Era una casita azul.
Con un ratón adentro
con trompa de elefante
y cola de renacuajo.
Le sacó una foto,
el flash se expandió en su melena
de gatopardo ondulante
invadiendo de rayos ultravioletas
el espacio infrarrojo estelar.
Porque nosotros -ratones- vemos
entre el ultravioleta
y el infrarrojo
y nos perdemos todo lo que está en el medio
y a sus costados, respectivamente.
Cuando llegó el Barroco todo cambió.
Su pared ya no fue blanca;
sus muros se abarrotaron de afiches coloridos
y telas de acuarela pintadas de amarillo.
Mucho miedo le tenía al espacio vacío,
porque el color blanco
como una pared, un silencio, una oscuridad,
hacía pensar demasiado en
¡cuánto blanco, cuánto silencio, cuán poca luz!
y tantos tantos tantos pensamientos
seguían su curso incesante bien adentro.
El blanco lo hacía pensar en el amor
y en sus variantes,
no siempre tan elegantes.
Y ahí fue cuando se dijo a sí mismo
que nada existe, hasta que se inventa
y allí empieza a existir en la misma constitución
del acto por el acto mismo,
como el lenguaje y todo lo que encierra,
propone, delinea, encarcela, escupe, protege.
Cada concepto sucedía en el acto mismo
de ser concepto teórico
y los científicos ratones de la casita azul
comprobaban empíricamente
que las acuarelas no se secaran,
porque las cosas, en la casita,
no pasaban hasta que pasaban.
Con un ratón adentro
con trompa de elefante
y cola de renacuajo.
Le sacó una foto,
el flash se expandió en su melena
de gatopardo ondulante
invadiendo de rayos ultravioletas
el espacio infrarrojo estelar.
Porque nosotros -ratones- vemos
entre el ultravioleta
y el infrarrojo
y nos perdemos todo lo que está en el medio
y a sus costados, respectivamente.
Cuando llegó el Barroco todo cambió.
Su pared ya no fue blanca;
sus muros se abarrotaron de afiches coloridos
y telas de acuarela pintadas de amarillo.
Mucho miedo le tenía al espacio vacío,
porque el color blanco
como una pared, un silencio, una oscuridad,
hacía pensar demasiado en
¡cuánto blanco, cuánto silencio, cuán poca luz!
y tantos tantos tantos pensamientos
seguían su curso incesante bien adentro.
El blanco lo hacía pensar en el amor
y en sus variantes,
no siempre tan elegantes.
Y ahí fue cuando se dijo a sí mismo
que nada existe, hasta que se inventa
y allí empieza a existir en la misma constitución
del acto por el acto mismo,
como el lenguaje y todo lo que encierra,
propone, delinea, encarcela, escupe, protege.
Cada concepto sucedía en el acto mismo
de ser concepto teórico
y los científicos ratones de la casita azul
comprobaban empíricamente
que las acuarelas no se secaran,
porque las cosas, en la casita,
no pasaban hasta que pasaban.
jueves, 5 de marzo de 2009
¡Fuerza!
La cuestión fue que la noche anterior había tomado mucho fernet.
Y yo cuando tomo mucho fernet al día siguiente tengo cagadera.
La rutina es siempre igual. Me levanto, voy al baño, voy al baño, voy al baño,
como algo y listo, se me pasa. Es más, esa noche puedo volver a tomar tranquilamente.
Cuestión; El sábado cuando me levanté tipo cinco de la tarde
comí milanesas y tomé coca light. Estaba medio boleada,
era un día raro, mucho calor, mucha música, pero sobre todo mucho calor.
Entonces comí milanesas y tipo siete
(ridículamente)
dije, bueno, ok, voy a lo de X*.
Era ridículo, porque a las ocho tenía que estar en otro lugar,
pero viste como soy yo. Dije má sí. Y fui.
Llegué y el departamentito era lindo. Normal. Chiquito.
Nos sentamos en el sillón y charlamos de la vida.
Un tipo copado. Charlamos mucho,
me contó de su carrera, de su laburo, de su gato.
Hasta que en un momento me ofreció mate.
Yo, en medio de la charlita, ya había ido al baño dos veces a hacer pis.
Y yo tardo cuando hago pis.
Preparó mate y ¿qué iba a hacer? ¿decirle que no?
Volví a decír "má sí" y tomé dos mates.
El problema empezó desde el primero,
pero se agravó muchísimo con el segundo.
Cuando tragué el segundo empecé a transpirar.
Fue de esos momentos en los que hubiese querido no existir.
O que no existan semejantes retorcijones.
En mi cabeza, sólo había dos opciones.
O decirle disculpá X* e irme lo más rápido posible a algún baño cercano,
o lo más disimuladamente posible, intentar ir a su baño.
No era linda ninguna alternativa, claramente
pero tampoco tuve mucho que pensar porque el dolor se hizo insoportable.
Así que me lavanté (por tercera vez)
y volví a ir al baño (un bañito chiquito,
de esos en los que la puerta queda lejos del inodoro, por ende no podés sostenerla
en caso de que por error alguien quiera entrar en ESE momento,
y la acústica es vergonzosamente chillona).
Todos los conocemos, vamos.
Bue. Me metí rezando que la música de fondo de repente
estuviera a todo volumen, cosa que obviamente no pasó.
Me quedé como diez minutos adentro,
abrí canillas, bajé y subí la tapa,
corté rasposamente el papel higiénico una y otra vez
(como si eso sirviese de algo???!!!)
y salí con la frente en alto.-
Él estaba cerca, como esperando,
pispeando, pero desatendidamente
como quien no quiere la cosa.
Salí, me miró con ternura y me dijo:
estás mal de la panza, ¿no?
Guau, qué momento.
Yo sonreí, me abrazó, me dio un beso.
A esas alturas de la tarde, yo ya estaba entre cansada y deshidratada,
me empecé a aburrir y a sentir un poco rara.
Salimos, caminamos unas cuadras
y no lo volví a ver nunca más.
*Esta historia puede haber sido un poco real, bastante digamos,
con alguna exageración de detalles simpaticones,
pero aclaro que es completamente ajena y los que me conocen se deberían dar cuenta
de por lo menos dos cosas que marcan rotunda y enfáticamente que la protagonista no soy yo.
(porfavor, mandénme mail con las dos diferencias clarísimas).
Igual, es una historia tierna,
y yo quiero mucho a la protagonista,
que nunca sabremos quién es. (ustedes, yo sí).
Y yo cuando tomo mucho fernet al día siguiente tengo cagadera.
La rutina es siempre igual. Me levanto, voy al baño, voy al baño, voy al baño,
como algo y listo, se me pasa. Es más, esa noche puedo volver a tomar tranquilamente.
Cuestión; El sábado cuando me levanté tipo cinco de la tarde
comí milanesas y tomé coca light. Estaba medio boleada,
era un día raro, mucho calor, mucha música, pero sobre todo mucho calor.
Entonces comí milanesas y tipo siete
(ridículamente)
dije, bueno, ok, voy a lo de X*.
Era ridículo, porque a las ocho tenía que estar en otro lugar,
pero viste como soy yo. Dije má sí. Y fui.
Llegué y el departamentito era lindo. Normal. Chiquito.
Nos sentamos en el sillón y charlamos de la vida.
Un tipo copado. Charlamos mucho,
me contó de su carrera, de su laburo, de su gato.
Hasta que en un momento me ofreció mate.
Yo, en medio de la charlita, ya había ido al baño dos veces a hacer pis.
Y yo tardo cuando hago pis.
Preparó mate y ¿qué iba a hacer? ¿decirle que no?
Volví a decír "má sí" y tomé dos mates.
El problema empezó desde el primero,
pero se agravó muchísimo con el segundo.
Cuando tragué el segundo empecé a transpirar.
Fue de esos momentos en los que hubiese querido no existir.
O que no existan semejantes retorcijones.
En mi cabeza, sólo había dos opciones.
O decirle disculpá X* e irme lo más rápido posible a algún baño cercano,
o lo más disimuladamente posible, intentar ir a su baño.
No era linda ninguna alternativa, claramente
pero tampoco tuve mucho que pensar porque el dolor se hizo insoportable.
Así que me lavanté (por tercera vez)
y volví a ir al baño (un bañito chiquito,
de esos en los que la puerta queda lejos del inodoro, por ende no podés sostenerla
en caso de que por error alguien quiera entrar en ESE momento,
y la acústica es vergonzosamente chillona).
Todos los conocemos, vamos.
Bue. Me metí rezando que la música de fondo de repente
estuviera a todo volumen, cosa que obviamente no pasó.
Me quedé como diez minutos adentro,
abrí canillas, bajé y subí la tapa,
corté rasposamente el papel higiénico una y otra vez
(como si eso sirviese de algo???!!!)
y salí con la frente en alto.-
Él estaba cerca, como esperando,
pispeando, pero desatendidamente
como quien no quiere la cosa.
Salí, me miró con ternura y me dijo:
estás mal de la panza, ¿no?
Guau, qué momento.
Yo sonreí, me abrazó, me dio un beso.
A esas alturas de la tarde, yo ya estaba entre cansada y deshidratada,
me empecé a aburrir y a sentir un poco rara.
Salimos, caminamos unas cuadras
y no lo volví a ver nunca más.
*Esta historia puede haber sido un poco real, bastante digamos,
con alguna exageración de detalles simpaticones,
pero aclaro que es completamente ajena y los que me conocen se deberían dar cuenta
de por lo menos dos cosas que marcan rotunda y enfáticamente que la protagonista no soy yo.
(porfavor, mandénme mail con las dos diferencias clarísimas).
Igual, es una historia tierna,
y yo quiero mucho a la protagonista,
que nunca sabremos quién es. (ustedes, yo sí).
martes, 3 de marzo de 2009
Empezó marzo.
Vencimientos
Aranceles
Ascensores
Alquileres
Trámites
Celulares
Botones
Colectivos
Carriles dobles
Doctores
Monedas
Tarjetas
ayer no pude dormir.
Aranceles
Ascensores
Alquileres
Trámites
Celulares
Botones
Colectivos
Carriles dobles
Doctores
Monedas
Tarjetas
ayer no pude dormir.
domingo, 1 de marzo de 2009
Bestia
-Vestite.
La miró con aires de despido. Le guardó el corpiño en la cartera y dejó sobre la cama
un billete de diez pesos para el taxi.
-Te va a alcanzar.
Ella no le sostenía la mirada. Seguía fijamente los movimientos del gato;
su flequillo volaba con la brisa que subía por las cortinas abiertas.
Quería desaparecer. Quería haber desaparecido de todos
y sobre todo de ella. Quería salir volando por las cortinas o saltar por la ventana como un gato.
En ese momento, no quería ser mujer, no quería ser linda,
no quería estar en una habitación cargada de tanta oscuridad y pena.
-¿Es tuyo el gato?
-Sí, se llama pochoclo. Le puso así mi vieja.
Ahora vestite y andate, dale, mañana laburo temprano.
-Me quedo y te hago el desayuno. No me hagas irme así.
-Me estoy poniendo nervioso. Por favor, te lo pido de buena manera, vestite y andate ahora
antes de que te meta de las mechas en un taxi.
No llegó muy lejos cuando él la alcanzó bruscamente del brazo izquierdo.
-¿Por qué me hacés esto? Yo te trato bien, y vos me pagás con miraditas de desprecio. ¿Qué te creés que sos? ¿Una reina? ¿La princesa blancanieves?
Ella llorisqueaba sigilosamente. Sus lágrimas eran de miedo y de soledad.
El vestido parecía haberse achicado desde el día anterior. Las medias se habían corrido, el rimmel también. Ya no quedaban más que un par de ojeras pronunciadas sobre sus cachetes húmedos.
Se subió al primer taxi que alumbró la avenida.
Nunca más volvió a pisar ese departamento, ni esa calle, ni a usar ese vestido con flores, ni a ponerse rimmel en los ojos.
Un domingo de agosto lo vio subirse al mismo colectivo
y, sin dudar un segundo, bajó en Caballito y siguió caminando el resto del trayecto.
La miró con aires de despido. Le guardó el corpiño en la cartera y dejó sobre la cama
un billete de diez pesos para el taxi.
-Te va a alcanzar.
Ella no le sostenía la mirada. Seguía fijamente los movimientos del gato;
su flequillo volaba con la brisa que subía por las cortinas abiertas.
Quería desaparecer. Quería haber desaparecido de todos
y sobre todo de ella. Quería salir volando por las cortinas o saltar por la ventana como un gato.
En ese momento, no quería ser mujer, no quería ser linda,
no quería estar en una habitación cargada de tanta oscuridad y pena.
-¿Es tuyo el gato?
-Sí, se llama pochoclo. Le puso así mi vieja.
Ahora vestite y andate, dale, mañana laburo temprano.
-Me quedo y te hago el desayuno. No me hagas irme así.
-Me estoy poniendo nervioso. Por favor, te lo pido de buena manera, vestite y andate ahora
antes de que te meta de las mechas en un taxi.
No llegó muy lejos cuando él la alcanzó bruscamente del brazo izquierdo.
-¿Por qué me hacés esto? Yo te trato bien, y vos me pagás con miraditas de desprecio. ¿Qué te creés que sos? ¿Una reina? ¿La princesa blancanieves?
Ella llorisqueaba sigilosamente. Sus lágrimas eran de miedo y de soledad.
El vestido parecía haberse achicado desde el día anterior. Las medias se habían corrido, el rimmel también. Ya no quedaban más que un par de ojeras pronunciadas sobre sus cachetes húmedos.
Se subió al primer taxi que alumbró la avenida.
Nunca más volvió a pisar ese departamento, ni esa calle, ni a usar ese vestido con flores, ni a ponerse rimmel en los ojos.
Un domingo de agosto lo vio subirse al mismo colectivo
y, sin dudar un segundo, bajó en Caballito y siguió caminando el resto del trayecto.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

